A NIVEL DE CANCHA: Choque de Trenes en Primera Semifinal

Texto enviado por José David García

En la previa del partido se había formado un panorama con una lectura complicada. Era un choque de trenes. Tanto Francia como Bélgica, si bien son dos equipos con muchas armas individuales en ataque, también son dos conjuntos que no les incomoda el hecho de no tener la pelota. Prefieren estar bien parados, agazapados y acorazados en propio terreno, y, a partir de ahí, explotar los espacios que queden por delante para recorrerlos con velocidad, cambio de ritmo y electricidad.

En esta Copa del Mundo ninguna de estas dos selecciones había mostrado una idea de juego que a priori fuera atractiva para la vista del aficionado. No son equipos protagónicos desde la pelota, que ubican mucha gente en el área rival, que salen jugando desde el fondo y que completan muchos pases en la misma fase ofensiva.

No lo hacen. No les gusta mucho pero tampoco les incordia esa papeleta de aguantar y esperar. Esa era la duda del encuentro. Saber quién iba a tomar el papel principal del partido y quien iba a buscar por iniciativa propia, el balón y la posesión de la pelota para ser el mandón.

La realidad de la eliminatoria pasaba por ver quién era capaz de anotar el primer gol. Por tanto en este escenario, la segunda cara del juego era importantísima: pelota parada, rebotes, juego ríspido y la fortuna, ante la paridad de fuerzas en cuanto al trámite que los dos podían realizar.

El primer tiempo fue muy parejo y entretenido. Ambas selecciones generaron ocasiones de gol suficientes para mover el marcador. Bélgica manejó mejor el trámite controlando más el esférico. Los franceses ocasionaban ruido y provocaban sus situaciones en base a contragolpes y pelotazos largos buscando las corridas feroces de Mbappé y la pausa e inteligencia de Griezmann. Que naufrago en el protagonismo debido a lo activo y participativo que estuvo Hazard, el mejor de la cancha en ese lapso de juego.

Al comienzo del segundo tiempo, el encuentro tenía las mismas sensaciones: juego abierto con ocasiones de gol y sin tener un dominador claro. En esa lucha, los franceses, en una jugada de táctica fija, dicho y hecho, se fueron al frente en el marcador. Gracias a un cabezazo impoluto de Umtiti. El escenario cambió. Ante la necesidad los belgas estaban obligados a tomar la pelota, monopolizarla y en base a ella meter al conjunto galo en su campo.

No necesitaron ser muy incisivos. Francia, al verse con la ventaja en el encuentro, por decisión colectiva propia, se colocó en su terreno, se resguardó en su cancha y le dio el rol principal a los de Martínez.

Fueron insistentes, buscaron lastimar por todos los sectores de la cancha pero con poca imaginación. Los belgas no tuvieron muchos recursos para lastimar a un cuadro francés bien establecido en zona baja. Su ataque fue predecible y se entercaron mucho con los centros laterales para Lukaku y Fellaini que son dos torres.

Solamente encontraron apertura por el sector derecho con Mertens que entró de relevo para la parte complementaria. Aun así fue insuficiente. Varane y Umtiti tuvieron un partido inmaculado. Defensivamente Francia nunca sufrió. Equipo equilibrado, bien parado y solidario en el trabajo defensivo. Giroud y Griezmann corrieron la milla y Mbappé sigue como el dios absoluto de esta selección.

Bélgica fue un cuadro honorable. Compitió bien y lo intentó hasta el final, pero ya no les dio chanca para trascender. Ahora esta generación, inagotable en talento, tiene el premio de consolación de poder superar a la generación de Enzo Scifo y Jean – Marie Pfaff  lo realizado en México 86 cuando cayeron en semifinales ante Argentina para después quedarse con el cuarto lugar en donde claudicaron precisamente contra los franceses.

Francia es un equipo serio, completo en todas las líneas, equilibrado y muy veloz de medio campo hacia el frente con una gran capacidad destructiva para cualquier defensiva. Llegan a su tercera final en copas del mundo y con la oportunidad inmejorable, de reivindicarse después de la debacle ante los portugueses en Saint Denis hace dos años y poder hacer olvidar a la generación de Zidane y compañía, que unió, a finales de siglo, a toda una nación a través de la pelota.

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