A NIVEL DE CANCHA: Un Buen Jalón de Orejas

Texto enviado por José David García.

Miguel Herrera es un gran motivador. Es un tipo capaz de impregnar a sus futbolistas, desde lo emocional y afectivo, un carácter y una idea de juego atractiva que convenzan al jugador de ser protagonistas en cada partido. Máxime cuando estas en uno de los clubes más importantes y populares del país como el América.

La mayor virtud de Herrera como entrenador, es la de ser un gran predicador. Seducir al jugador a través del encanto de las palabras. No tanto de los conceptos y las ideas preconcebidas de un estilo, sino del fuego de las emociones que despierta el uso correcto de un vocabulario específico. No formal, sino una semántica que sería capaz de sonrojar a cualquiera, desde un sentido poco amable. Saber llegarle al futbolista inclusive desde un sector que no tiene nada que ver con el fútbol.

Como dirían en el otro lado del charco, los pone como una moto. Dirime, desde cada visión individual que tiene el futbolista sobre el juego… opiniones, soluciones y actividades que cada uno de ellos pueden hacer en pro del colectivo. Inclusive si dicha labor no ayuda mucho para el brillo individual.

Ese es su encanto como entrenador. Generar un ánimo desenfrenado en sus futbolistas para que no dejen de correr por toda la cancha. De luchar, de meter fuerte la pierna y ser aventurados a la hora de ir al ataque. No es un entrenador especialmente táctico que dote a sus equipos de un gran orden, de una estructura sólida y sobre todo equilibrada.

Es un huracán. Alguien que busca que sus dirigidos vayan hacia el frente sin importar las consecuencias que eso conlleva en retaguardia. Ofender, atacar… ser propositivos. Llegar al arco rival sin un orden establecido y una estrategia bien definida. Es un aluvión de emociones. Y sus equipos siempre han sido un fiel retrato de ese carácter.

Por eso se fue al descenso con el Veracruz. Por eso no pudo remontarle a Ecuador en Rancagua en la Copa América del 2015. Por eso tuvo que depender de un cabezazo de Moisés Muñoz a la desesperada para ganar un tiempo extra. Por eso perdió contra Holanda en 2014. Por eso ha sucumbido en la mayoría de finales que ha disputado. Por eso el Necaxa lo bailó la semana pasada. Por eso su defensa fue un desastre. Por eso estaba molesto al termino del partido afirmando que abría jalón de orejas luego de la imagen ofrecida en Aguascalientes.

Pero fue un jalón de orejas a medias. El Atlas, un equipo con menos recursos colectivos e individuales, lo superó por 20 minutos. Generaron más ocasiones de gol y estuvieron encima del arco de Marchesín. Si bien las ocasiones no fueron manifiestas de gol y la mayoría fueron remates de media distancia, tiene que ser preocupante que un rival de poca envergadura como los rojinegros, encontraran tantos espacios entre líneas para jugar y distribuir.

El Atlas compitió bien. Sin miedo y de tú a tú. Superó a un rival de mayor jerarquía por 25 minutos y lo tuvo contra las cuerdas. Luego, el América se desempolvo ese dominio y liquidó el partido en los últimos 15 minutos de la primera parte. En un tiro de esquina combinado con un error del arquero y una contra bien llevada por Renato Ibarra. El segundo tiempo fue un trámite y las Águilas sellaron la goleada en otra jugada de táctica fija con Guido Rodríguez como protagonista anotando un doblete.

El América, con muy poco juego, goleó al Atlas tres a cero. A medio gas. Sin problemas y sin despeinarse la ultima hora de partido. Dos pelotas paradas y un contragolpe. Ese es el América del “Piojo” en su segunda etapa. Si los de Coapa aspiran a ser campeones como siempre afirman, deben mejorar mucho más para pelearles el trono a los demás candidatos. Generar mayor número de oportunidades y habilitar con más frecuencia a los delanteros.

En los últimos torneos este equipo ha ganado jugando al pelotazo, con la táctica fija y el uso de las individualidades. Herrera y el América se han olvidado de las formas que han hecho importante a este equipo: juego técnico, de triangulación por toda la cancha, dinámico y atrevido. Se han escudado únicamente al pragmatismo y beneficio del resultado. No es poca cosa, pero va contra la cultura y tradición que los azulcremas han pregonado a lo largo de su historia. Este América gana con el otro fútbol. Con el que dicta contragolpes, pelota detenida y poco amor hacia el balón. Es una realidad. No hay más que decir.

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