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Amigos hidalguenses

mineros.jpgTexto enviado por José Luis Pérez

En un polvoriento pueblo al sur de lo insospechado, aún se recuerdan las viejas batallas donde el honor hidalguense era la única recompensa que valía la pena para seguir con vida y de pie.

Su cara arrugada y la sabiduría en cada palabra señalaban que ellos sabían de lo que hablaban. Sentados en una banca forjada de historia en la plazuela de un territorio neutral, dos hombres comentaban con entereza aquellas vivencias que el tiempo tatúa en la memoria. Nadie sabe como se llaman, pero se les conoce por la sapiencia que la dureza de esta vida les ha entregado en un cajita de recuerdos.

“Fíjate que en Jasso era muy feliz. Mientras caminaba rumbo a la cementera sentía el aroma que otorga la naturaleza, un deleite al espíritu. Yo trabajaba antes en Ajacuba, pero decían que el futuro no estaba ahí. Tomé unos centavos, me fui para el arco que está en la entrada del pueblo y entregué mi destino a la suerte”, comentaba uno de ellos, mientras la mirada se le perdía entre el cielo, cansada por los males de la vejez. “Muchos me querían convencer de que mejor me fuera a Tula, donde está la competencia, pero poco me importó”, calló mientras sus ojos reflejaban nostalgia.

El otro, con la voz entrecortada, hizo remembranza de sus encuentros. “Mi padre me mandó allá porque no había qué comer. La situación no me ponía en mejores opciones y me tuve que ir. Jasso fue como la salvación. ¿Te acuerdas que ahí nos conocimos y hasta jugamos partidos en el llano cercano?, vaya cosas, pues me tuve que ir a Pachuca”, señaló triste.

La vida fue justa, hasta el último momento. Eran casi cincuenta años sin mirarse, sin saber nada del amigo sincero, honesto y sagrado. Aquel que brinda un consejo y te habla del corazón.

Y bajo aquel ventarrón que sucumbía las escasas plantas que apenas si adornan la plazuela, los dos hombres parecían extrañar los detalles que el pasado grabó en la eternidad. Una pequeña risa comenzó a asomarse desde los labios de uno de ellos, tras un suspiro con sabor a viejas glorias.

“Después de que te fuiste a las minas en Pachuca, solamente el futbol me hizo verte un par de ocasiones. Todavía me duele aquel golpe que hizo de mi rodilla un objeto frágil a merced de la desgracia, pero ahí éramos rivales, solamente me quedaba soportar el dolor como los verdaderos hombres”, dijo agachando la cabeza, mientras el otro le tomaba la palabra.

“Éramos muy buenos. Los ingleses nos llevaban a todos lados”, aseguró. Y se despidieron, acabando así con las evocaciones, sin que alguien es esa vieja plazuela supiera que uno de ellos fraguó su destino en el Cruz Azul y el otro dio su vida por el Pachuca, pues ese reencuentro medio siglo después fue a causa de esa pasión por el deporte que un día los hizo amigos.

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