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Doble Cara Olímpica

Texto enviado por José Luis Pérez

Resulta verdaderamente asqueroso ver las imágenes donde un grupo de manifestantes se lanzan cuales fieras feroces a impedir el paso de la llama olímpica en ciudades de “primer mundo”, como Londres y París.

Sin duda, el protagonismo de ciertos grupos humanitarios crece día con día y conforme se va acercando la fecha de la inauguración de los Juegos Olímpicos se ve con más tristeza la posibilidad de un boicot.

Si de una cosa estamos seguros, es que ni el espíritu olímpico, ni los atletas, ni la gran mayoría de los pobladores chinos tienen la culpa de las atrocidades que suceden en el Tíbet. Por lo cual, agredir a la llama de Beijing 2008 no es afectar a las autoridades represoras, es destruir uno de los pocos símbolos de paz y unión que existe entre las naciones.

Francia qué puede reclamar acerca de los derechos humanos cuando ha tenido por siglos problemas por el alto índice de racismo y xenofobia que existe en sus entrañas, o Inglaterra, que ha apoyado ciegamente una guerra en el medio oriente que ha arrasado por completo igual con la milicia rival que con niños, mujeres y demás civiles inocentes en el conflicto.

Esa “doble cara” que existe en esos países se ha puesto de manifiesto, pretendiendo sabotear la máxima fiesta del deporte, que poca vela tiene en el entierro. No es justo que se tomen de pretexto todos aquellos problemas para deslucir un espectáculo ajeno a la política y que sólo pretende unificar el mundo bajo la competencia sana, bajo el estandarte del deporte y la recreación.

Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, así de simple. Dejen a los atletas competir, romper los récords, escuchar los himnos nacionales de los ganadores, celebrar los momentos de gloria y dosificar las emociones de las ceremonias de apertura y clausura, que lo demás parece ser lo de menos.

El fracturar los Juegos Olímpicos no cambiará nada de lo que sucede en China, así como nunca sucedió nada cuando otras ediciones de la justa han sido boicoteadas.

Las próximas ciudades que reciban la visita de la antorcha olímpica deberán de comprender que ese gran símbolo del olimpismo no debe de ser manchado por intereses ajenos, pues se destruiría la poca fe de esperanza y unión entre los pueblos.

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