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Hipocondría Águila

111111111.jpgTexto enviado por José Luis Perez.

América es un equipo enfermo, infectado de un cáncer llamado crisis. Tiene anemia de resultados, pues consume muy pocas ilusiones y su ego es poco alimentado. El alzheimer se adueño de sus entrañas, haciendo que los jugadores se olvidaran de todos aquellos que los han hecho grandes: los aficionados.

No dan autógrafos, no se toman la foto ni sonríen. Se suben a su auto de lujo y abandonan velozmente a sus hinchas como quien se avergüenza de sus orígenes. Tiene fatiga, un batalloso cansancio de tanta mediocridad y malos dividendos con los foráneos.

El asma con el que se le dificulta respirar en el Clausura 2008 lo tiene tomando del poco spray que le ha dado la Copa Libertadores. Se agita, se detiene y no puede correr, vaya líos. Todo sucedió por un mal diagnóstico. Un doctor que llegó de emergencia señaló que América tenía sólo una gripa, pero se equivocó rotundamente.

A este resfriado le siguió una fuerte infección en la zaga, la cual tiene una pequeña inflamación de nerviosismo y malas actitudes. Los pulmones del medio campo comenzaron a fallar y el antibiótico requerido no ha surtido efecto en el ataque.

Por si esto fuera poco, la osteoporosis está resquebrajando la columna vertebral del club. Los directivos acusan a los extranjeros, éstos a los dirigentes y, poco a poco, se van fracturando las columnas importantes del equipo. El usar tanto la boca con palabras dulces le ha causado una terrible caries. Comenzó con unos acaramelados sonidos de “seremos los mejores”, además de un empalagoso y discreto comentario de “todos los equipos pasan por lo mismo alguna vez en su historia”, que le provocó la diabetes.

A principios de temporada, el club alimentó su esperanza con jugadores extranjeros a los que ya les había caducado la calidad, llenos de un virus llamado mediocridad. Este sólo está produciendo un tremendo cólera emocional que pone a los aficionados con vómito y diarrea cada que juega el América. Decían que estaba agripado, pero entró a la sala de terapia intensiva. Está entubado y un respirador artificial llamado orgullo lo sostiene apenas con un poco de vida, a pesar de que dicen por ahí que un médico tiene la solución para sus problemas casi mortales: el cirujano Mario Carrillo.

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